Durante una semana, jóvenes de 14 sedes llevaron adelante proyectos de servicio, evangelización y acompañamiento en distintas comunidades del país. Las lluvias obligaron a modificar parte del despliegue, pero no detuvieron una experiencia que fortaleció el liderazgo, la fe y el compromiso de quienes decidieron poner sus talentos al servicio de los demás.
Lo que comenzó con pronósticos poco alentadores terminó convirtiéndose en una de las experiencias misioneras más significativas para la Pastoral Duoc UC. A pesar de las intensas lluvias que afectaron a gran parte de la zona centro sur del país y obligaron a reorganizar parte del despliegue, cerca de 500 estudiantes llevaron adelante las Misiones Solidarias de Invierno 2026, desarrollando su labor en 14 zonas de misión, donde el servicio, el encuentro con las comunidades y la evangelización fueron más fuertes que cualquier dificultad.
En distintas localidades de las regiones del Biobío, Ñuble y Metropolitana, los jóvenes realizaron mejoras habitacionales, visitas casa a casa, talleres, actividades comunitarias y espacios de acompañamiento espiritual. Sin embargo, para quienes vivieron la experiencia, el verdadero fruto de la misión no estuvo únicamente en las obras realizadas, sino en la transformación que produjo en las personas y en los propios misioneros.
«Yo termino la misión feliz», resume Pablo Ibarra, coordinador de Misiones Solidarias de la Pastoral Duoc UC. «A pesar de la lluvia y de todos los pronósticos, las misiones se llevaron a cabo. Creo que fue un acierto seguir adelante porque los estudiantes respondieron con una generosidad enorme y demostraron una capacidad de adaptación que habla muy bien de ellos.»
Durante la semana, los estudiantes no solo participaron en las actividades programadas: fueron ellos quienes las hicieron posibles. Desde la organización de talleres y proyectos de servicio hasta las visitas a las familias y la animación pastoral de cada comunidad, el protagonismo juvenil marcó el desarrollo de las misiones.
«Es muy importante destacar el liderazgo de los estudiantes. Son ellos quienes desarrollan los proyectos, los talleres y llevan adelante la misión. Verlos convertirse en agentes evangelizadores, tanto en los territorios como después en sus propias sedes, es una de las mayores alegrías que deja esta experiencia», afirma Ibarra.
Ese liderazgo también quedó de manifiesto cuando varias zonas debieron modificar completamente su planificación debido al clima. Uno de los casos más representativos fue el de las sedes San Carlos de Apoquindo y Alameda, cuyos estudiantes debieron renunciar al viaje que tenían previsto al Biobío para reorganizar, en apenas unos días, una misión urbana en Santiago.
Lejos de vivirlo como una frustración, el grupo transformó la incertidumbre en una nueva oportunidad para servir.
«Fue una locura rearmar una misión en tres días, pero al final entendimos que los planes de Dios siempre conllevan más amor y regalos que dificultades», relatan los coordinadores Nancy Rojas (Sede San Carlos de Apoquindo) y Josué Urtisa (Sede Alameda).
La nueva misión los llevó a recorrer parroquias, visitar comerciantes del barrio Franklin, organizar un bingo comunitario y realizar una actividad tan sencilla como profundamente significativa: ofrecer abrazos gratuitos a adultos mayores.
«Ver a los adultos mayores acercarse a los misioneros para ser abrazados, y a los estudiantes dar esos abrazos con tanto cariño y pedir la bendición de Dios, extendiendo todos sus manos sobre ellos, fue de una emoción mayúscula. Simplemente hermoso. Un regalo de Dios» Destaca Urtisa
Aunque muchas veces las imágenes de las misiones muestran brochas, herramientas y trabajos de construcción, quienes participaron coinciden en que la experiencia estuvo marcada por algo mucho más profundo: el encuentro con las personas.
Trinidad Pacheco, estudiante de la sede San Carlos de Apoquindo, decidió participar nuevamente este año convencida de que la misión va mucho más allá del servicio material.
«Dar un ratito de tu tiempo para ayudar a otros, pero sobre todo escucharlos, no tiene precio», afirma.
Esa disposición se reflejó en cientos de visitas a familias, momentos de oración, conversaciones con adultos mayores y actividades comunitarias donde la evangelización nació del encuentro cotidiano.
Para muchos estudiantes, descubrir que Cristo también espera en la propia ciudad fue uno de los grandes aprendizajes de estas misiones. Comprendieron que servir no siempre significa viajar lejos, sino estar disponibles para responder allí donde existe una necesidad concreta.
Las Misiones Solidarias de Invierno volvieron a mostrar uno de los sellos más característicos de la Pastoral Duoc UC: formar estudiantes capaces de integrar su vocación profesional con una vida de servicio inspirada en el Evangelio.
Durante toda la semana, jóvenes de distintas carreras pusieron sus conocimientos al servicio de las comunidades, demostrando que construir, diseñar, administrar, reparar o acompañar también puede convertirse en una forma concreta de anunciar a Cristo.
El ambiente vivido entre los equipos fue descrito por sus coordinadores como una comunidad marcada por la alegría, la fraternidad y la confianza, incluso frente a los imprevistos. Lejos del cansancio o el desánimo, los estudiantes enfrentaron cada cambio con disponibilidad y esperanza, convencidos de que la misión no depende únicamente del lugar, sino de la disposición del corazón.
Aunque las actividades de invierno concluyen, el impacto de esta experiencia continúa en cada estudiante que regresa a su sede con una mirada distinta sobre su vocación y sobre la manera de vivir la fe.
Las familias visitadas recibieron apoyo concreto, las comunidades parroquiales encontraron nuevos compañeros de camino y cientos de jóvenes descubrieron que evangelizar también significa escuchar, abrazar, acompañar y poner los propios talentos al servicio de los demás.
Porque, como quedó demostrado durante esta semana, la lluvia puede cambiar los planes, pero nunca el sentido de una misión cuando Cristo sigue siendo el centro del camino.